Una buena oportunidad para América Latina

La inversión china puede fomentar la digitalización de la economía de la región

Por FRANCISCO QUIERO AGUIRRE*

El COVID-19 no solo es una pandemia que afecta considerablemente la salud de las personas. Además de ser especialmente letal en el segmento etario mayor de 60 años, es un virus con una capacidad de transmisión muy superior a la influenza, lo que aumenta los esfuerzos para evitar que se transforme en una enfermedad habitual durante las estaciones de contagio de enfermedades respiratorias. Los esfuerzos para evitar curvas exponenciales de contagio han llevado a medidas de aislamiento, tanto voluntario por parte de personas y de distintas empresas como la decisión de algunos gobiernos de decretar cordones sanitarios, cuarentenas parciales y, en los mejores casos, cuarentenas totales. 

El efecto que nos toca analizar aquí, el efecto económico, es uno lo de los más controversiales. Mientras que el debate se ha centrado en si debemos elegir entre reactivar la economía (con un claro sesgo utilitarista y proempleador) o evitar los contagios, no podemos evadir el hecho de que cuidar la salud de las personas por medio del distanciamiento social y las distintas formas de aislamiento afectará fuertemente la producción y el consumo en el mundo.

Un complicado escenario

Según datos del Banco Mundial (BM), el producto mundial bruto podría contraerse en cerca del 3 % anual, dato gravísimo tomando en cuenta que venimos de una tendencia desaceleratoria respecto al crecimiento del PIB mundial, que en el promedio de los últimos 10 años no supera el 2,8 %. Para América Latina, la contracción del PIB regional sería incluso mayor, cercana a un 4,6 %. Mientras que el Banco Central de Chile pronosticaba una contracción del 1,5 % al 2,5 %, el Fondo Monetario Internacional (FMI) es aún más pesimista y lo estima en un 4,5 % para 2020, para luego liderar el crecimiento regional en 2021 con un 5,3 %. El FMI también prevé una contracción mayor para el subcontinente, de un 5,2 %. La principal causa de estas proyecciones por parte del BM como el FMI sería la contracción del comercio regional e internacional. Tres de las economías más abiertas de América Latina, Chile, Perú y Colombia, son fuertemente dependientes del comercio chino, lo que las hace las más perjudicadas por la reducción de la demanda del gigante asiático. La Organización Internacional del Trabajo proyecta que la región perderá entre abril y junio de este año cerca de 14 millones de empleos.

Los efectos del COVID-19 sobre las economías latinoamericanas han mostrado lo precario de su mercado laboral como de sus sistemas de seguridad social. Apenas se tomaron medidas para evitar el contacto social, gobiernos como el peruano y el chileno adoptaron medidas para proteger a los empresarios y evitar despidos masivos. El caso chileno es quizá el más llamativo, donde se ha permitido a las empresas suspender la relación laboral (en pocas palabras, si no se trabaja no hay salario). Es de pensar que las pymes se acogerían a estas medidas debido al menor delta entre costos y ventas que las caracterizan. Sin embargo, han sido las transnacionales como Starbucks, Burger King o Kentucky Fried Chicken quienes han usado la “Ley de Protección al Empleo” dictada por el presidente Sebastián Piñera para suspender el pago de remuneraciones a sus trabajadores.

La teoría económica clásica nos señala que en situaciones donde la tasa de interés es baja existen incentivos para aumentar la tasa de inversión y, específicamente, inversión que permita mejorar la capacidad productiva (desarrollo tecnológico). Los bancos centrales de la región han reducido considerablemente sus tasas de interés para que, por medio de los bancos, las empresas y las personas puedan endeudarse a mejores tasas. En Chile, la tasa registra su cifra más baja en décadas: 0,5. En Perú, se registra un 0,25 cayendo más de un punto. Sin embargo, debido a que la mayoría de las personas y las empresas “viven el día a día”, estos futuros empréstitos no serán utilizados como inversión sino como subsistencia. Con un mercado laboral altamente informal, intensivo en trabajo semicualificado y una economía poco integrada al sistema financiero global, en América Latina existe una oportunidad increíble para que, por medio de la inversión extranjera, la digitalización del trabajo permita a su vez la digitalización de las inversiones en un sistema integrado mediado por el uso de tecnologías.

El caso de China

La economía china está altamente bancarizada, digitalizada e integrada. El uso de plataformas digitales como WeChat o Meituan permite al usuario disponer de forma remota el uso de bicicletas, ordenar comida, realizar compras por Internet, adquirir billetes de avión o metro, entre otras posibilidades. Por medio de la conexión de la cuenta corriente o el uso de AliPay, casi cualquier transacción puede realizarse sin dinero físico. 

Las medidas de aislamiento asumidas por el Gobierno chino llevaron a un disparo del uso de estas aplicaciones como de las compras digitales. Debido a que el trabajo intensivo en conocimiento permite su realización de forma cada vez más remota (a la vez que posee una tasa marginal de remuneración mucho más alta), hay un encadenamiento hacia una demanda mayor de trabajadores que provean dicha demanda. Esto permite la incorporación al mercado de trabajadores que antes estaban fuera de la ecuación, y una expansión de la demanda agregada. 

América Latina ha vivido su propia digitalización de la economía, pero a un ritmo mucho menor que el gigante asiático. Plataformas como UberEats, Rappi, PedidosYa y Mercado Libre ahora permiten realizar compras digitales y la entrega de bienes y servicios de forma remota. Sin embargo, las empresas por sí mismas no poseen la capacidad de insertarse a este mercado digital debido a una falta de trabajadores que conecten al productor con el consumidor final. Aún son muy pocas las empresas que pueden formar parte de esta red digital de consumidores y oferentes. Sumado a una situación laboral precaria de los intermediadores, la digitalización china ha ido hacia un carril muy distinto del latinoamericano. 

Sin embargo, debido a la pandemia global, la inversión china tiene una oportunidad única para centrar su enfoque en fomentar la digitalización de la economía latinoamericana. El COVID-19 no hizo más que mostrar tal como son a las precarias economías latinas, altamente informales, frágiles y proempleador. Si el distanciamiento social es recomendado hasta incluso 2022 por parte de la Organización Mundial de la Salud, nuestras vidas deberán adaptarse a estas nuevas condiciones. Para que el mercado no se comprima a causa de una restricción de la demanda, la oferta debe facilitar e incentivar el consumo. Aumentar las opciones de mercados digitales para realizar compra y venta de servicios de forma digital debe ser uno de los motores hacia la reactivación económica. Y en ese proceso las empresas chinas pueden ser un puente para ayudar a las empresas a digitalizar sus servicios, importar sus aplicaciones de uso diario para el uso de servicios digitales, traer sus bancos de inversión para la facilitación de créditos a tasa preferencial para la creación de nuevas empresas, y así vincular los objetivos de China con los de América Latina. 

Estudiar en línea, trabajar conectados, el ocio en línea requieren de una infraestructura digital que las economías locales no pueden generar de forma endógena. El rol de China en la recuperación económica será clave: dirigir la inversión necesaria para la digitalización gradual pero ascendente de la economía latinoamericana. Una franja, una ruta: comercio digital.

*Francisco Quiero Aguirre esestudiante Ph.D en Economía Aplicada en Capital University of Economics and Business (CUEB), en Beijing.

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