Unidos, podemos ganar la batalla

*Por Yang Chen

El 4 de abril de 2020 se celebró el Día de Limpieza de Tumbas en China. Ese día, para expresar la profunda gratitud por los compatriotas que sacrificaron sus vidas para luchar contra la epidemia del COVID-19, el Consejo de Estado chino hizo una conmemoración a través de un duelo nacional. Las banderas ondearon a media asta en todo el país al igual que en las embajadas y consulados en el extranjero, y se suspendió el entretenimiento público. El 7 de abril, después de dos meses y medio de encierro, Wuhan, capital de la provincia de Hubei, permitió que se reanudara el transporte público. Ahora al fin podemos decir que la epidemia del COVID-19 básicamente se ha detenido en China.

Un virus que no reconoce fronteras

Sin embargo, lo que no se esperaba es que países de Europa y América del Norte se convirtieran en las nuevas zonas más afectadas, a la vez que la epidemia también está comenzando a extenderse en América Latina y África. El número de personas contagiadas en el mundo ha superado 2,7 millones, y sólo en Estados Unidos la cifra ya alcanza más de 880.000 (pese a estar lejos del pico por lo que el punto de inflexión para la epidemia todavía no ha llegado).

Cuando estalló la epidemia, expertos chinos vislumbraron tres posibles escenarios. El mejor de ellos era que se pudiera tratar a todos los pacientes en un plazo de 2 a 4 semanas, y tener la situación en todo el país bajo control en 2 a 3 meses. El peor escenario era que los mecanismos de control y prevención no dieran el ancho, y el que el coronavirus barriera con el mundo. Entre estos dos extremos, un tercer escenario era que el número de casos de COVID-19 aumentara, pero de manera controlada, por lo que acabar con el coronavirus en su totalidad tardaría mucho tiempo, posiblemente de seis meses a un año. A juzgar por la situación actual, China no ha logrado los mejores resultados posibles, pero ha evitado lo peor.

Sin embargo, las previsiones en ese momento sólo consideraban la situación en China, y no esperaban que el coronavirus se extendiera por todo el mundo en tan poco tiempo. Esto muestra, por un lado, la dificultad de contener el virus, y por otro, que este no reconoce países, razas, edades, géneros, religiones o clases. Por eso, si no se toma en serio, el mundo y las personas sin duda sufrirán mucho. Este es un virus mundial que requiere que los gobiernos y los ciudadanos de todos los países del mundo se unan, renuncien a los prejuicios y fortalezcan la cooperación. Solo así podremos superar esta gran crisis.

China ha realizado enormes sacrificios en la lucha contra el nuevo coronavirus. Aunque la epidemia se propagó particularmente rápido al inicio debido a la falta de conocimientos, la insuficiencia de suministros médicos, la cobertura limitada de las noticias relacionadas al virus y el desplazamiento masivo de personas durante la Fiesta de la Primavera, una vez que se alcanzó un consenso nacional, y en especial desde el cierre de Wuhan, el Gobierno central, los gobiernos locales y la sociedad civil rápidamente se unieron y adoptaron la política de detección, informe, aislamiento, diagnóstico y tratamiento tempranos para no dejar a nadie sin atención médica necesaria.

La respuesta a la epidemia del COVID-19 demostró que China no solo tiene un Gobierno fuerte, sino también una sociedad bien organizada. El Gobierno central envió un grupo dirigente encabezado por el viceprimer ministro para orientar a toda la provincia de Hubei en la lucha contra la epidemia, mientras que otras provincias y ciudades donde la situación era menos grave proporcionaron personal médico e insumos básicos. Paralelamente, entidades civiles como organizaciones y gremios de la Mancomunidad de Naciones donaron dinero y otros suministros a Wuhan, y el ejército también hizo lo suyo a través del envío de expertos médicos de alto nivel para unirse a la batalla. Por último, la policía, el personal comunitario, los repartidores y los trabajadores de sanidad, entre otros, fueron claves al integrar la primera línea del campo de batalla contra la epidemia.

En tanto, el resto de los 1400 millones de ciudadanos desplegaron una disciplina ejemplar –quedándose en casa o contactando a sus seres queridos vía teléfono o Internet, en lugar de observar las tradicionales visitas y costumbres propias de la Fiesta de la Primavera– bajo el entendido de que esta era la mejor forma de resguardar su propia seguridad y la de los demás. Otro punto importante que vale la pena destacar es que los gastos médicos de cada persona enferma han corrido a cargo del Estado. De hecho, los costos del tratamiento son muy caros y sin el apoyo del Gobierno, el número de muertes habría sido incluso más alto.

El modelo adoptado por China ha sido de gran utilidad y eficacia a la hora de controlar el COVID-19, como también lo han sido otros –tales como Singapur y Corea del Sur– que han adoptado enfoques distintos según su propia realidad y necesidades. En un extremo opuesto, hay ciertas potencias mundiales que no sólo han mostrado animosidad frente a China, sino que además la han acusado y estigmatizado regularmente.

Por ejemplo, hay políticos y medios de comunicación en Estados Unidos que se han referido al nuevo coronavirus directamente como el “virus de Wuhan” o el “virus de China”, debiendo la actual crisis que atraviesa el país a China. Cuando la epidemia había brotado en Wuhan, se burlaron de China. Cuando China pudo controlar la epidemia, la ayuda humanitaria que prestó a otros países fue tildada como “ayuda depredadora”. Y cuando la epidemia empezó a ser estragos dentro de sus propias fronteras, China fue acusada de no ser transparente y proporcionar datos falsos.

Vencer mediante la unión

Sin embargo, lo cierto es que la epidemia sí se puede controlar si uno se adhiere a estrictas medidas de prevención y cuidado. El lavado de manos con frecuencia, el uso de mascarillas en lugares públicos, el distanciamiento social y la ventilación regular de espacios cerrados, entre otras, son todas medidas que sirven para no contagiarse. En ese sentido, cabe preguntarse por qué ciertos medios de comunicación insisten en echarle la culpa a China. Creo que esto en realidad responde a sus propias frustraciones por las decisiones que ellos mismos han tomado. Si las actitudes, respuestas y contramedidas adoptadas contra el COVID-19 no han sido las correctas, entonces su propia confianza, credibilidad y su sistema de gobernanza nacional se verán afectados.

Las medidas adoptadas por China no necesariamente significan que aquellas adoptadas por algunos países de Occidente hayan sido malas, pero sí dejan en evidencia ciertas limitaciones. Mientras las críticas de algunos se han endurecido cada vez más, hay otra serie de países que han mostrado su solidaridad y amistad continuamente, incluso en los momentos más difíciles. Por ejemplo, los primeros 21 países que brindaron asistencia a China –Corea del Sur, Japón, Tailandia, Malasia, Indonesia, Kazajstán, Pakistán, Alemania, Reino Unido, Francia, Italia, Hungría, Bielorrusia, Turquía, Irán, Emiratos Árabes Unidos, Argelia, Egipto , Trinidad y Tobago, Australia y Nueva Zelanda–, además de individuos que de forma particular decidieron ayudar, serán recordados por siempre en el corazón de la gente. Por su parte, China es un país agradecido que entiende el sentido de la amistad, por lo que no dudará en retribuir dicha generosidad proporcionando más ayuda humanitaria a la comunidad internacional.

En el actual escenario en que el mundo está crecientemente interconectado, cabe preguntarse qué debemos hacer los seres humanos en conjunto.

Primero, debemos unirnos, abandonar el nacionalismo parroquial, adoptar nuevamente el internacionalismo y alcanzar un consenso sobre el fortalecimiento de la cooperación internacional.

En segundo lugar, debemos creer en el poder de la ciencia. Superar la propagación del nuevo coronavirus requiere no sólo responsabilidad, liderazgo y movilización por parte de los líderes políticos, sino más importante aún, escuchar la voz de los científicos, tomar los hechos como criterios reales y no difundir rumores o teorías conspiracioncitas.

Tercero, respetar el sentido común. En el oeste, usar una mascarilla se ha convertido en un problema político. Pero el hecho es que la ciencia ha demostrado que usar mascarillas realmente ayuda a reducir la tasa de transmisión del COVID-19, por lo que disuadir a la gente de usarlas es un sinsentido que revela una ignorancia extrema.

Cuarto, reconocer la vulnerabilidad de la humanidad. Durante el último milenio, la raza humana ha sentido que puede controlar e incluso transformar la naturaleza, pero el COVID-19 ha expuesto la insignificancia y fragilidad de esta. Por eso, es menester cambiar nuestra mentalidad, forma de vida y procesos de producción, de tal modo que sean más amigables con la naturaleza.

Los virus no conocen fronteras y son el enemigo común de toda la humanidad. Los humanos debemos superar nuestras diferencias con el fin de superar los desafíos provocados por la nueva epidemia del coronavirus.

* Yang Chen es profesor del Departamento de Historia de la Facultad de Artes Liberales de la Universidad de Shanghai y director ejecutivo del Centro de Estudios Turcos de la Universidad de Shanghai.

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